El poder de las palabras

Los seres humanos, consciente o inconscientemente, transferimos energía de tres formas. A través de las manos, que son una de las principales herramientas de muchos sanadores reconocidos; a través de los ojos, considerados la ventana del alma, y —más frecuentemente— por medio del aliento o el soplo divino: el poder de las palabras.

Cada palabra tiene un peso emocional, mental y energético. Las mujeres pronuncian entre 25,000 y 32,000 al día; los hombres, de 12,000 a 15,000… ¿Cuántas veces somos conscientes del gran poder que existe en cada oración? 

La voz está relacionada con nuestro quinto chakra, la garganta. Según la filosofía yóguica, es el puente de conexión entre la mente y el corazón —la razón y la intuición. Por eso, si no hemos aprendido a hablar desde la diplomacia, el amor y la comprensión, la razón y la intuición suelen entrar en conflicto. Y como resultado, hablamos de forma irrespetuosa, impulsiva y hasta hiriente. 

El habla nos distingue del resto de las especies. Así, al nombrar y definir lo que nos rodea, los humanos ejercemos el poder de las palabras para crear nuestra realidad. Un ejemplo de ello está en la frase bíblica “Y el verbo se hizo carne”: puede interpretarse que la palabra es constructora, es el motor primario antes de la materialización.  

El poder de las palabras también puede verse en la numerología. De acuerdo con ella, cada letra tiene un valor numérico que se traduce a una vibración y esas vibraciones encajan perfectamente con nuestra interpretación de la realidad. Tenemos el ejemplo de la palabra “magia”:

El poder de la palabra magia

Sabemos que 11 y 22 son Números Maestros: se relacionan con la inspiración, la materialización y la consciencia superior.  El 11 y el 22 establecen una nueva realidad en beneficio de la mayoría de las personas, que no podría lograrse sin un toque de magia.

La magia es tan antigua como la existencia del hombre. En el pasado, fue un cuerpo de conocimientos coherente y fuente de evolución del hombre. Entonces, detente un momento y pregúntate: ¿qué realidad estás construyendo con tus palabras? ¿Estás haciendo magia?

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